viernes, 19 de enero de 2018

¡BARRERAS ARQUITECTONICAS!, por Rhodéa Blasón



          Cuando uno tiene la necesidad de acudir a las instituciones administrativas para arreglar cualquier tipo de documentación se da cuenta de que en el sentido arquitectónico de estos lugares existen muchas carencias que se aprecian a simple vista por cualquier administrado. Pero es muy triste cuando la persona que va a solucionar sus obligaciones y está impedida físicamente en cualquier grado, pero ya no puedo imaginarme su impotencia si tiene que utilizar muletas o silla de ruedas.  Estoy hablando de personas que pagan sus impuestos cuando les corresponde como todo el mundo pero que no pueden acceder a ciertas oficinas públicas porque no pueden subir escaleras y no hay ascensores, por ejemplo. Pero la lista de casos y seres humanos que se ven afectados por estas barreras es inmensa y en este apartado, por favor, que nadie se olvide de las personas ciegas. Es de todos sabido que si tienen un perro guía el can puede entrar con ellos en cualquier lugar, pero no siempre se lo permiten, aún sabiendo que esos animales están educados a la perfección y adiestrados para ser una extensión de sus dueños.

        Este artículo viene a cuento, porque hace poco acudí por motivos familiares a una notaría y yo acudía en muletas. Había ascensor sí señores, pero para llegar al aparato tuve que subir un enorme escalón hasta el portal y luego veinticuatro escaleras que me rompieron todos y cada uno de los maltrechos huesos de mi espalda. Claro cuando llego a las oficinas tengo que sentarme porque no puedo más y me preguntan con amabilidad:

    -¿Pero no has cogido el ascensor?

       Yo sonreí impotente, porque quien puede andar no sabe lo que es no poder haberlo.

     Días más tarde debo acudir al registro de la propiedad. Ya de lejos veo que no está a raso del suelo, pero tiene una maravillosa barandilla que va desde el lado izquierdo del piso más bajo hacia el derecho, o viceversa. Depende desde dónde lo veamos. Tal vez como soy diestra me dirijo con mis muletas, teniendo que dejar el coche que conducía un familiar a casi un kilómetro de distancia porque no se podía acceder más cerca, hacia mi derecha y veo sólo escaleras, bastantes escaleras. Creí que del otro lado podría existir una rampa y hacia allí me encamino, pero me doy de bruces con más escaleras que tenía que subir. Era el último día que tenía para recoger la documentación pertinente y me decidí a ascender como pudiese. Unas escaleras demasiado altas, muy difíciles de superar, pero al fín y no sin esfuerzo lo consigo.

   La verdad es que el personal que allí encontré resultó muy amable. Me pusieron una silla, que no había, porque el lugar era reducido. Me ayudaron luego a bajar llevándome mi legajo de documentación. E insistiendo que que me acompañarían hasta el lugar en el que estuviese el coche.

    Les estoy agradecida en ambos casos por haberme tratado bien, ya sé que es su trabajo, pero hay que reconocer cuando se realiza de manera eficaz y con humanidad.

    Podría hablar de los altísimos bordillos de las aceras, o de las traicioneras bajantes que se han dejado en algunos puntos para que las sillas de ruedas puedan bajar. No es así. En esas pronunciadas bajadas una silla de ruedas pierde estabilidad y puede caer con la persona que lleva sentada, como el carrito de un bebé, o una persona que va en muletas. Yo suelo bajarlas de espaldas. Aprendí con los años que es mucho más seguro!

   Así podría poner un sinfín de ejemplos que sólo conocemos las personas que sufrimos y convivimos diariamente con las barreras arquitectónicas que tantas personas que afortunadamente no las necesitan no las ven. Esto es sólo un pequeño ejemplo de que la sociedad no piensa en los incapacitados físicos.





sábado, 6 de enero de 2018

La vida ..., por Rhodéa Blasón

    "Vivir es una lucha constante", le decía su madre siempre que podía. "Para nacer sufres, para existir tienes que superar obstáculos, y sacrificios para formarte. Pero estoy muy orgullosa de que hayas conseguido tu sueño de ser enfermera".

      Su progenitora le regalaba siempre un beso cuando le decía estas palabras y ella le respondía con su amplia y generosa sonrisa. Su madre y ella eran mujeres realistas y luchadoras, y desde que su padre se ahogase en el mar ejerciendo su oficio de marinero habían sabido salir adelante con todos los tropiezos que habían tenido que superar. Pero ahora, las dos juntas, vivían mejor de lo que habían soñado años atrás, en los que vivieron con muchas estrecheces y mucho esfuerzo laboral. La madre trabajaba en una tintorería en la que el jornal era justo y su hija había logrado superar las oposiciones para una plaza de enfermera titular en la planta de medicina interna del Hospital Regional. Había alcanzado su sueño de servir a los demás, y su madre y ella estaban llenas de orgullo por este importante logro.
   
     Por eso, en aquel momento, ninguna daba crédito a lo que ocurría en su hogar. La policía señalaba a la enfermera como la autora de los asesinatos de ochenta pacientes terminales ocurridos en la planta en la que ella trabajaba y de la que la habían nombrado supervisora dos semanas antes. Su madre imploraba de rodillas en el suelo a quienes le habían esposado, muentras agarraba con fuerza las piernas de su hija impidiéndole dar un paso. La situación era violenta para los agentes que atestiguaban tener pruebas de los hechos acontecidos y de los que se la acusaba.
     La joven miró a su madre y le dijo riéndose a carcajadas:
     -Era la única manera de ahorrarles sufrimientos y tener camas libres. Mamá, pronto morirás tú también, he estado echando matarratas en tus cereales, jajaja
     Su madre en el Hospital, después de que le hicieran un lavado de estómago con carbón vegetal para provocarle el vómito, lloraba y pensaba en qué era lo que había hecho mal en la crianza de su hija para que cometiese actos tan deleznables.

jueves, 28 de diciembre de 2017

A TRAVES DE LOS OJOS DE NEGRITO, por Rhodéa Blasón



      Mis ojos grises son observadores: miro con astucia y con amor a quienes conviven conmigo. Siempre en el profundo regazo de mi querida ama, quien pasa horas calcetando para sus nietos. Está inválida y sitúa su silla de ruedas todos los días junto a las puertas de la balconada, desde donde ambos podemos ver todo lo que sucede en la calle. Yo ronroneo sobre sus piernas cuando le solicito una caricia, le miro con luceros mimosos cuando le enredo su hilo con mis patas, ...es una mujer buena. Cuando salto de su colo lo hago con suavidad, para abrir con mis patas el grifo del agua y beber, o para acercarme a la puerta cuando sé que alguien que convive con nosotros se acerca a la puerta de nuestro hogar. Allí le espero con los ojos abiertos, juguetón y saltarín hasta que mi ama me llama.

       -Negrito vente para junto de mí, me indica con voz suave
 

       Y yo, obediente, acudo a su llamada. Me envuelvo como un ovillo y espero a que me acaricie. La miro y veo a una mujer mayor, de piel muy morena, y con el pelo tan blanco que le enmarca el rostro como si fuera una corona. Debió ser muy guapa de joven, aún conserva parte de su belleza. Sus ojos son tristes, yo sé que su vida ha sido muy dura y que sufre mucho por sus vástagos y nietos a quienes ama con su gran corazón, pero desde que dejó de andar creo que se siente como una carga para ellos. Yo sé que no es así, y trato de hacerle mimos y jugar con sus hilos de labores, aunque me mire seria en algunas ocasiones, pero creo que sus últimos años de vida deben ser felices. Algunas veces, cuando estamos solos veo como sus lágrimas brotan de sus enormes ojos negros y resbalan por sus mejillas; no sé porque llora, pero creo que es la soledad. Porque yo con ella he descubierto que las personas aunque vivan con sus seres queridos pueden sentirse solas, o apartadas, o no partícipes, ....

       No sé. Yo sólo soy un gato; un minino negro como el azabache que ve la soledad en la que se encuentra su ama. Creo que soy el único que la detecta en esta casa, por eso paso tanto tiempo en su regazo y buscando sus caricias. Yo la quiero, porque me da mucho cariño y no quiero que se sienta triste. Me gusta esta mujer porque tiene un corazón grande.


jueves, 21 de diciembre de 2017

PARA COMER …CAPON DE VILALBA, por Rhodéa Blasón

    Se acerca el invierno, estación del año en la que estimamos saborear platos de “cuchara” o buenos guisos elaborados con productos de primera calidad. Para eso A Terra Chá, buscando siempre su excelencia en todos los ámbitos, tiene elementos culinarios suficientes como para satisfacer a los paladares más exquisitos que quieran probarlos y con los que podemos llenar nuestros congeladores y despensas. Logramos encontrarlos al natural, preelaborados o en conserva para facilitar el trabajo de quienes hacen las delicias de nuestras cocinas y dan olor de hogar a nuestras viviendas. Hay que destacar que todos los productos chairegos han aprendido a viajar por medio mundo gracias a las denominaciones de origen por las que tanto han luchado sus productores e instituciones que han logrado crear canales de distribución muy serios y fiables. Por su celebración hablaré de la feria del conocido y reconocido capón de Vilalba de la que se dice que se tiene conocimiento desde hace más de doscientos años. Este año tendrá lugar el veintiuno del presente mes de diciembre y a ella concurrirán multitud de visitantes que acuden a comprar y a admirar los mejores ejemplares. El capón debe estar censado para poder acudir al recinto ferial y ponerse a la venta. Desde luego es un espectáculo que merece la pena ver. Animales alimentados con esmero y mimo por sus productores para que se degusten durante las Navidades en numerosos hogares. El capón se puede preparar de tantas maneras como genere la imaginación de quien lo elabore, siempre a fuego muy lento para que se pasen bien sus prietas carnes, y acompañarse de cualquier tipo de guarnición. Todas le van bien, patatas, verduras, castañas, …Pero hay un elemento imprescindible a la hora de realizar una buena combinación gastronómica: la conjunción del amor a un producto con el que siempre quedarás bien ante tus invitados y del que puedes hablar con amor de su producción, crianza y tierra desde la que se distribuye. Por eso siempre digo que “yo para comer …capón de Villalba”.


jueves, 30 de noviembre de 2017

NO PUDE SALVAR A MI PADRE, por Rhodéa Blasón

    Conforme me adentraba en las profundidades del frondoso bosque mi cerebro y mis ojos se mantenían vigilantes. Buscaba una cabaña desde hacía meses, pero en cada una de mis incursiones en la espesura natural había sido infructuosa. Ahora, en pleno otoño, cuando los días son tan escasos de luz, debía escabullirme de la atenta mirada de mis tías paternas quienes estaban más interesadas en que aprendiese el arte del bordado con aguja que en que buscase a una mujer muy mayor plena de sabiduría en todo tipo de brebajes y que convivía según cuentan las lenguas de la aldea entre "seres de la mitología celta, que la protegían de cualquier dolencia o padecimiento".
    Había caminado sin parar aprovechando los tenues rayos de sol y se me había echado la obscuridad encima. Estaba segura de saber regresar al hogar, pero el miedo me paralizó en aquel preciso lugar. Esperé a que mis ojos se adaptasen a la negrura de la noche y giré sobre mí misma. Entonces la ví. Observé una puerta y una ventana casi cubiertas por las ramas de los árboles. Su techo era un campo lleno de helechos y hierbas diferentes. Mientras me encontraba allí miré al cielo y observé un resplandor rojizo que lo surcaba de oeste a este. En ese momento la puerta se abrió y apareció ante mí una anciana encorvada vestida de negro y apoyada en un palo mucho más alto que ella:
    -Son los Sluagh, cazadores de almas. Van a buscar el espítitu de tu padre moribundo.
    -¿Qué? Si yo venía a encontrar un remedio para curarle. Llevo meses buscándote
   -Yo siempre estoy aquí. Pero las ánimas malignas no han permitido que me encontrases. Están decididos a robar el alma de tu padre agonizante.
   -Nooooo, grité con todas mis fuerzas y comenzé a correr hacia el lecho de mi padre al que debía proteger
    Pero llegé demasiado tarde. Mi tía mayor me informó de que había fallecido mientras yo no se encontraba en casa. Mis lágrimas me quemaban la piel de la cara y no dejaban de brotar de mis ojos. Me senté en la escalinata y allí permanecí toda la noche llorando y sufriendo por la impotencia de no haber podido salvar a mi progenitor a quien tanto amaba.
    Cuando amaneció, volví a mirar al cielo y me pareció observar una bandada de pájaros sobre mi casa volando en círculo. Pensé que entre aquellos Sluagh estaría mi padre despidiéndose de mi.



viernes, 17 de noviembre de 2017

GANANDO ALGUNAS BATALLAS, por Rhodéa Blasón

     Desde hacía meses me había iniciado en aprender a pelear. Al principio los asaltos me parecían demasiado largos y me chupaban toda mi energía. Acababa tirada en el suelo, dolorida, intentando regular mi desbocada respiración. Cuando volvía a enfrentarme a mi oponente, maestra de maestras, volvía a desbancarme por "KO". Yo pasaba los días pensando en cómo eludir sus impresionantes embistes antes de que ella consiguiera romperme en trozos. Pero cuando me situaba frente a ella me sentía débil, pequeña, insignificante, ...y consciente de ser una perdedora.

    Un día me desperté sobresaltada pensando en que la vida no consiste sólo en recibir golpes, sino en aprender a esquivarlos. Y así me centré en buscar esa condición física y psíquica que me permitiera eludir y torear sus impactos. Adquirí agilidad y, aunque continuaba siendo atacada con dureza y crueldad, también aprendí a golpear y a soltar lastre.

    Hoy, después de tanto esfuerzo, me enfrento a ella con coraje y mirándola de frente. Soy consciente de tener mis hombros liberados de su constante peso que casi me impedía caminar; es la maleta en la que he metido todos los sufrimientos infructuosos de mi vida, todo aquello que me hace daño recordar y a todos los seres que de una u otra forma me dañaron a lo largo de mi existencia. He logrado pegarle duro, controlar mi respiración e incluso ganarle algunas batallas.
                      

jueves, 9 de noviembre de 2017

ALLÍ EN DONDE NACES, ALLÍ EN DONDE MUERES, por Rhodéa Blasón


    -Miradme, podéis hacerlo las veces que queráis. -Vociferaba sin parar- Soy diferente, ya lo sé y vosotros estáis henchidos de un resentimiento que no os permite subsistir.

    Lo que más daño le producía era que aquellos a quienes exhortaba no eran capaces de replicar su severa crítica. Nunca lo hacían. Permanecían estáticos y taciturnos catando la dulzura del sometimiento a causa de sobrellevar el cruel padecimiento de la tristeza por los bienes ajenos.

   -Aquí estoy sólo. -Volvía a increparlos- Entre todos podéis arremeter contra mí y despojarme de mis bienes. Cobardes!!

   Ninguno de los otros se movía. Sólo le vigilaban. Era espléndido y agraciado y ellos, aún de su estirpe, eran deformes y desagradables a la vista. No disimulaban su amargura por su divinidad y encanto.

    El era consciente de ello, pero no podía desplazarse. Sus raíces estaban ancladas con suma fortaleza a aquella tierra y aquel, mal que les pesara, era su clan. Ninguno tenía la oportunidad ni la autoridad de alcanzar un traslado.

    La Naturaleza es así con los árboles. Sabia y poderosa. Allí en dónde naces, allí en dónde mueres. Aunque tu familia no te quiera por no ser verde y tener en el otoño esos maravillosos colores cobrizos en los que el poco sol que baña tus ramas se refleje como en un cristal facetado del que surjan multitud de rayos de diferentes colores.Yo soy feliz y no me importa lo que piensen, pero ser diferente a los otros siempre será complicado en mi existencia.