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miércoles, 20 de junio de 2018

NI UN GOLPE MAS, por Rhodéa Blasón

     Nunca me ha gustado la gente abusona en ningún ámbito de la vida y menos quien avasalla a los niños. Quienes leen mis artículos asiduamente conocen que lucho porque los malos tratos, afecten a quien afecten, no deben ser tolerados nunca.. Quien se propasa por medios ilícitos de los demás es un pobre diablo incapaz de llevar conversaciones constructivas con el prójimo, porque no tiene suficiente inteligencia o no sabe comunicarse, y para suplir sus carencias recurre a la humillación y a los golpes como medida de poder. Autoridad siempre equívoca; pero, lo creáis o no, esos seres viles se creen poderosos con cada golpe con el que propinan a sus hijos, porque les molestan, no los quieren, no son lo que ellos desean, lloran por la noche. opinan de diferente forma que ellos, ...

     ¡Cuántos seres humanos viven en nuestra sociedad soportanto el peso de los traumas infantiles que les causaron o causan sus padres! Bueno, yo en vez de progenitores les llamaría energúmenos sin juicio y hablo de ellos con desdén, repugnancia y aborrecimiento. A los niños desde pequeños hay que educarlos, la asignatura más difícil de la vida. Pero la educación y marcar pautas y normas no están reñidas con el respeto mútuo. Hay que enseñar, mostrar y explicar cómo es la vida, sin adornos ni ostentaciones inútiles e irreales; porque todos tenemos momentos buenos y malos en nuestra existencia y tuvimos que aprender a solventarlos de la mejor manera. Y hay que hacer de nuestros hijos personas de carácter fuerte y que sepan tomar decisiones, pero no a base de maltratarlos una y otra vez o de enviarlos al hospital a costa de golpes en sus cuerpos.

    El sufrimiento que percibe un menor es proporcionalmente superior al que pueda sentir un adulto por malos tratos. Además, en la mayoría de los casos no sabe por qué le pegan porque no se lo explican y cuando sale al mundo real está acobardado. El torturador suele tener un perfil muy claro y muy conocido por los profesionales que los estudian, pero en el caso de los niños no se suele actuar con todo el peso de la ley porque todavía existen madres que piensan que no pueden sobrevivir si no están al lado de un torturador, o no quieren ver a sus hijos separados en varias familias de acogida. Muchas de esas madres por proteger a sus vástagos en muchas ocasiones ponen en peligro su integridad física y psíquica.

    #niungolpemas a niños, mujeres, hombres, abuelos, a nadie. Debemos razonar como seres humanos. Volver a conversar y a aprender el arte de la conversación para ser más conscientes de lo que es la vida. El que pega es mala persona, esté sereno o borracho, y el que recibe sus golpes es una víctima.


                                       
                                          Foto: https://www.emaze.com/@AWLQRLTW

 

jueves, 7 de junio de 2018

EL CUADRO, por Rhodéa Blasón



      Me había llegado por correo postal; perfectamente empaquetado en papel marrón, atado con una fina cuerda peluda que sujetaba los cuatro flancos de aquel enigmático paquete rectangular que remataba con un lazo lacrado en vivo color rojo y pegado al pliego envolvente.

     Yo miraba el hermoso cuadro, tenía pegada en su parte baja una chapa dorada que indicaba "Elena en la playa-J. Sorolla" y representaba a una bella mujer vestida de azul cielo mirando la inmensidad del mar y sujetando su pamela al viento. Con el objeto llegó una carta certificando su autenticidad y el nombre de una importante galería de arte y su número de teléfono de contacto. Mis señas estaban correctas, las releí en varias ocasiones. Pero aquel envío tenía que ser un error, yo no había comprado aquel maravilloso cuadro, tendría que devolverlo, pero no traía remite.

     Como no me gusta dejar pasar las cosas sin resolverlas llamé al número de la galería y les expliqué la situación. Pero una mujer de voz grave y ronca me explicó muy segura de sí misma que no había error alguno en aquella entrega. Pero yo no entendía porqué me llegaba a casa uno de los cuadros más hermosos de un impresionista español notable y representativo de la luminista que debía tener un valor económico con tantas cifras que no era capaz de calcular.

     Después de colgar el teléfono sin saber qué hacer, pasé horas mirando el cuadro extasiada por su belleza. Quise tocar el marco y me levanté para hacerlo: transmitía paz y sosiego. Le di la vuelta y observé el reverso. Quise mirarlo desde lejos y al apoyarlo en el sillón casi me cae y al sujetarlo con fuerza rompí con una uña algo que me pareció un papel. Me sentí tentada a romperlo del todo, pero no comprendía si sería la parte de atrás correspondiente a la pintura. La curiosidad pudo más que yo y fui abriendo poco a poco hasta quitar el doble fondo totalmente. Había cuatro fajos de dinero, cada uno en su sobre. Unos documentos oficiales y una carta.

     Después de leerla y releerla varias veces supe que había tenido padre, que me quería y que en el momento de su muerte se había acordado de mí. Era rico y me reconoció legalmente. En aquella misiva me explicaba cuánto le rogó a mi madre que se casara con él, pero ella, que trabajaba de criada en su casa, no quiso nunca que nadie creyera que se casaba por su dinero y lo abandonó. En los documentos quedaba perfectamente claro que yo era su hija, tenía varias cuentas bancarias a mi nombre y me dejaba una casa enorme en el centro de la ciudad.

    Mis lágrimas resbalaban por mi cara y dejé todo sobre la mesa de comedor; me dirigí a la habitación en la que mi madre permanecía en la cama sumida en el más absoluto olvido. Me acosté junto a ella buscando su calor y dando cuenta de su valentía y coraje para renunciar a todo tipo de posesiones materiales y criarme ella sola.

   

viernes, 1 de junio de 2018

EL PESO DE LA HUMILLACION, por Rhodéa Blasón





          Siento descender por mis rosadas mejillas una cálida lágrima que me quema la piel. Resbalan cautas para caer en el precipicio de mi rostro, pero no alivian el dolor inconmensurable de mi desolado corazón. No sé si mis cristalinas lágrimas tendrán valor alguno, ni si alguien será capaz de ayudarme en esta desazón que casi me impide respirar, ...pero soy consciente de que mi inclemente existencia consiguió que en un momento dado mis salinas secreciones oculares de agotasen.

          Mis ojos quedaron vacuos y sin vida. Ya no expresan nada y están hundidos.

          ¿Qué valor puede tener una lágrima? ¿Por qué mis ojos se secaron?

         No tengo respuestas a estas incógnitas. Pero durante muchos años no conseguía llorar, por muy triste que me sintiera o por mucho dolor que me acongojase. No era vivir, porque el peso de cada gota que debían vomitar mis ojos me lo tragaba, a pesar de darme cuenta de que mi garganta estaba atenazada por algo que me impedía pasar saliva con libertad. Y todo ese daño, físico y mental, que engullí y del que me atiborré durante tantas décadas; tanta represión y humillación enmascarada de proclividad mimosa ante los demás, le ha pasado una gravosa factura a mi salud haciéndome estar al borde de la muerte en varias ocasiones.

          Hoy, después de tanto tiempo, he aprendido a llorar de nuevo. Primero incontinentemente, pero con un gran esfuerzo mental he alcanzado el poder de gestionar mi llanto. Deseo ser feliz y evitar que mis lágrimas salgan de mis ojos pero siempre hay algún alma perniciosa y egoísta que consigue ningunearme con su malsana actitud hacia mí. ...y, a pesar de que en cada ocasión que sucede me vuelvo más fuerte, no puedo evitar que sea contraproducente para mí y para mis órganos vitales.